Hace unos días asistí a una reunión de excompañeros de la universidad Garcilaso, al llegar y verlos recordé a esos muchachos y muchachas que dejé de ver cuando eran delgados, risueños, mal vestidos y
con mucho entusiasmo, ellos, mi generación, los
sobrevivientes de la agitada década de los ochenta, la de los cambios, ¿rompimos prejuicios? No lo sé, pero empezamos
a vivir, como nunca.
Entre ellos estaba el muy apreciado Coco o “Coco Chancay” como
él prefería que lo llamaran y Marco, que
como buen anfitrión apareció, resolviendo
los últimos entretelones de la reunión,
por otro lado, Milagritos se encargó de recibir a todos y César, Roberto, Coco, Jorge y Estela entretenían
con sus anécdotas transportando al que los escuchaba, en el tiempo, es por eso que evoqué el primer día que asistimos a la universidad, cuando nos juntaron a todos (185 ingresantes) en un aula prestada de ingeniería
industrial, porque no teníamos nada, ni
salón, ni local, sólo un título virtual de: “ingresantes de comunicación”.
-Éramos gitanos-pensé y creo que a todos les pasó esa idea por
la cabeza.
- ¡Si!, ¿recuerdas? –
dijo Roberto - el local de Sánchez cerro, allí nos ubicaron primero
- y después nos reubicaron en la avenida del ejército-
intervino César.
¡Y allí empezó todo!- recalcó Jorge, pícaramente- soltando
una carcajada, que provocó a los demás.
Recordamos las fiestas, las borracheras, los licores baratos
y las billeteras vacías que hacían
imposible tomar un taxi en horas de la madrugada y de como para ir a una fiesta
de algún compañero o compañera viajábamos largas distancias, sin importar si el
lugar era peligroso, y casi siempre no
salíamos hasta el día siguiente.
-¡Misios!- gritó alguien- y todos gozamos la ocurrencia con
carcajadas.
Las mujeres de nuestra promo, en cambio, se pasaron casi
toda la fiesta tomándose selfies, como cuando muchachas, riéndose, haciendo
bromas, disfrutando el reencuentro y es que realmente esta reunión no hubiese
salido bien, sin la animada participación de Milagritos, Elsa, Sonia, Patty, María y
Marcela que lograron crear un ambiente de
camaradería y a esto, se añadió Marco, el cumpleañero, quien empezó a bailar,
iniciando de esta manera la fiesta, acompañados por un grupo de música que nos
provocó, cuando entonaron una salsa antigua, de esos años de nuestra juventud. No había exclusividad de parejas, todos éramos intercambiables, así llegó hasta mi Patty, una amiga, una testigo, de esos
tiempos, de melancolía y nostalgia, de
caminatas y charlas.
Esa noche sentí que en el pequeño lugar donde estudiamos, el tiempo se había detenido, porque los recuerdos aún estaban tan frescos, que
parecía ayer que nos habíamos despedido, sin embargo hoy puedo afirmar y sé que
todos estarán de acuerdo, que aquel lugar de la avenida del ejército, era nuestro pequeño mundo, nuestro refugio, un lugar
secreto con infinidad de historias por
contar…







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