-¡Por Dios, estoy perdido!- pensó
David, mientras la arena se metía en sus zapatos con cada paso que daba,
haciendo dificultosa su caminata, la densa neblina, en complicidad con la
oscuridad lo encerró en un cápsula de vidrio ahumado, imposibilitando la visión y decidió desconsolado concentrarse en escuchar
algún claxon de auto o camión, que lo
guiara a la pista, pero nada.
-¡No puede ser, si sólo me habré
alejado de la panamericana un kilómetro! ¿Quizás he estado dando vueltas en
círculo?- pensó mientras una garua intensa le mojaba por completo.
Llevaba cerca de hora y media
caminando hacia las lomas de Lachay, cuando lo atrapó la noche y temiendo caer
por algún desfiladero, decidió regresar. El equipo de producción tenía que
recoger a él y a dos compañeros más,
pero nunca aparecieron, los esperó una hora y temiendo la noche caminó hacia el campamento donde filmaban una película. Se sentía agotado, sin fuerzas
y por primera vez en su vida tuvo miedo, cuando la linterna que le alumbraba se
apagó.
Al poco rato, algo rozó su pie, y
quiso creer que era una rata a la que podía patear.
-Pero y si es una serpiente-pensó, un escalofrío le heló la sangre- ¡Quieto David, mantente quieto, aguanta la
respiración por unos minutos, Tú sabes que
la mordedura de una serpiente pequeña es mortal y estás lejos de un
hospital!
Recordó el día que en plena
filmación se desató el pánico y todos corrían, camarógrafos, luminotécnicos,
sonidistas, actrices y actores,
aterrorizados daban paso a una intrépida serpiente que con la
cabeza levantada, amenazaba con morder sin miedo. Escabulléndose, después, por una pared de esteras de la escenografía.
Poco a poco soltó la mochila, sacó
una prenda y la tiró; salió apresurado
de ese lugar rumbo a la nada, mientras el
ruido a ropa que se sacude, lo dejaba atrás.
-¡Ay abuelo esa historia! –Pensó
mientras corría- cuando te quedaste desnudo porque las serpientes prefieren
atacar las prendas antes que los humanos. Me has dado unos minutos más de vida.
El ruido de la ropa desapareció y
apretó más el paso, pero los silbidos tras él continuaban, tiró todo lo que
tenía en la mochila, pero aún así, se sentía perseguido, se despojó del polo, de
las zapatillas y por último de la mochila, hasta que el pavor se apoderó de él, había dejado de llover y un copioso sudor
inundaba su rostro, su corazón latía a
mil por hora y las piernas le flaqueaban. Estaba exhausto, sin fuerzas, se dejó caer y entonces temió lo peor.
-Dios, ayúdame, no quiero morir
aquí- clamó arrodillado, mientras la espesa neblina se disipaba y un ligero
resplandor en el cielo lo animó.
¡Luces de autos! – Dijo, mientras
empezó a sonreír de alegría- ¡Es la panamericana!
Conforme avanzaba escuchó más y más los ruidos de los carros y cada vez menos los
silbidos de las serpientes, hasta que pisó la pista y entonces suspiró de
felicidad, inmediatamente un ómnibus
interprovincial apareció y paró, ante la insistencia de él para que se detenga.
-¡Aquí nadie para de noche!- le
dijo un desconfiado chofer, que lo observaba de pies a cabeza- una de dos o
eres un ladrón o una víctima de asalto. ¿Qué eres?
Una víctima y voy a Lima- le respondió y le abrió
la puerta.
Sentado en el bus, bajo la mirada
atónita de los pasajeros, con un pantalón como única prenda, se acomodó y se miró el rostro, a través del reflejo de la ventana, no era él, era un renacido y unas lágrimas de agradecimiento cayeron. No podía creer creer lo que le había pasado.
¡Estoy vivo!-pensó- eso es lo que importa, gracias abuelito.












