Tenía 3 años cuando me subieron
al techo de mi casa, mi mamá me miraba dulcemente, mientras me ataban con una
soga
-¡Hoy vas a salvar una vida, la de
tu hermanita!- decía, soltando unas lagrimas- tienes que ser valiente y no temer,
porque aquí estoy, cuidándote.
La miraba desconcertado, sin
saber qué decir o hacer, como una ovejita a punto de ser sacrificada, esperando
sólo la hora final. Entretanto un vecino terminaba de golpear con un martillo
la tapa de un tragaluz que logró sacar y un humo, copioso empezó a salir.
-Ya está listo-gritó.
-¡Mamá no!- le supliqué- no me
metan allí, me da miedo.
-Hijito, ¿escuchas los llantos?
-¡Sí!-respondí, encogiendo los
hombros
-Si tu no bajas, nunca veremos a
tu hermanita- me cogió de los hombros, zarandeándome-¿me entiendes?
¡Sí!-agaché la cabeza
Al poco rato el vecino me cargó y
me introdujo suavemente por un estrecho
tragaluz, imposible para que entre un adulto, poco a poco el humo me
quitó la visión, pero los gritos de mi hermanita eran tan fuertes, que no me
importó, pasé el humo y sentí el calor del fuego que consumía los pañales y
grité.
-¡Mamá, me voy a quemar!- sentí
que el que sostenía la cuerda dudó y empezó a subirme otra vez.
-¡Si puedo, si puedo!- grité con
más fuerza y la soga continuó soltándose en caída, por entre las llamas.-¡Ya
estoy llegando, un poquito más!
Hasta que llegué al piso, me
solté la cuerda y me acerqué a mi hermanita, que estaba en una silla alta para
comer, con sus ojos llenos de lágrimas, una toz insistente y su rostro colorado
-¡No llores! -le dije, mientras
me dirigí a la puerta- Es fácil, sólo
tenías que jalar el pestillo y se abre, ¿ves?
Ese momento entró mi mamá
acompañada de una decena de vecinos, su rostro lucía desencajado cogió a mi hermanita y la abrazó
fuertemente, entre llantos.
-Perdóname, mi niña- susurró con
su voz desencajada-nunca más te dejo solita.
A un costado, pegado a mi mamá,
observé los esfuerzos de los vecinos por apagar un fuego, que esa fatídica mañana,
no quiso extinguirse, hasta no quemarlo todo y dejarnos con lo que llevábamos puesto.
Después de muchos años entendí que
no tiraron la puerta de un empujón porque mi hermana estaba sentada en una
silla alta, justo detrás y para no darle
un golpe contundentemente que hoy estaríamos lamentando, decidieron meterme por
el tragaluz.
De todo lo acontecido aprendí,
que hay momentos críticos en la vida, que te obligan a tomar una decisión que resultará
quizás bien, quizás mal, pero que debes asumir por el resto de tus días.











