Eran las 11 de la noche un 24 de
diciembre, tenía 6 años y ese día no
quise acostarme debido a que mi papá, no estaba en casa y todos lo esperábamos,
pero él no apareció y no hubo regalos, sólo impaciencia porque la familia no
estaba completa.
-¿Por qué papá no ha llegado?- le
preguntamos a mamá, quien apenada sólo decía- ¡ya llegará!
Miré el pequeño arbolito de
navidad, vacío, sin regalos y pensé que algo le había sucedido a papá, porque siempre
llegaba a las 10 de la noche, aunque cansado. Apenas si lo veíamos, pero a pesar de
todo, cuando mamá enfermó él se preocupó tanto de nosotros que todos los
domingos, día de su descanso, se dedicó a enseñarnos a montar bicicleta en un
parque. A pesar de mis miedos aprendí a sostenerme en él, hasta que después de
muchas caídas aprendí. Recuerdo la enorme satisfacción en su rostro y la pena
que tuvo al devolver la bicicleta, prestada de mi tía Selva.
-¡Ya te compraré una bicicleta
nueva!- me dijo, consolándome- y podrás manejar sin tener que pedir prestado
-¡Sí! –le respondí alegre,
mirándolo, mientras él bajaba la cabeza, desconsolado
Era pequeño y no entendía que
habíamos pasado la peor crisis financiera de nuestras vidas, estábamos
endeudados, debido a la enfermedad de mi mamá y no había plata, ni para comer,
tanto así que nos hospedamos mucho tiempo en la casa de una tía.
Mi padre tenía tantas deudas que
hacía sobre tiempo, incluso en navidad. Esa noche pedimos a Diosito por él,
para que lo cuide y lo traiga a casa
sano y salvo y nos quedamos dormidos, hasta que después de unas horas llegó.
Lo escuché sollozar junto a mi
madre, no había plata para regalos
-¡Este año no hay Papa Noel!-
gemía, abatido.
Al día siguiente nos levantó
temprano y nos llevó a la casa de mi tía, cuando entramos mi hermanita y yo,
toda la familia sonreía y sacaron de un cuarto una bicicleta, la trajeron hasta
nosotros y mi papá con los ojos enrojecidos, balbuceó.
-¡Feliz navidad! – Nos dijo, se
acercó y nos abrazó.
Al mirar la bicicleta supe que
era de mi tía, sólo que estaba pintada y parecía nueva, pero no me importó y lo abracé fuerte. Durante esos días no comprendí las lágrimas de mi
padre, pero ahora que soy adulto sé que por nosotros trabajó sin descansar, ni
dormir bien, aunque no logró nada, porque tenía que pagar deudas, es así que avergonzado
recibió la ayuda de la familia y se resignó
a aceptar lo que le daban, aunque su deseo de regalarnos una bicicleta nueva,
quedó siempre en su corazón.
Esa bicicleta, la manejé hasta
que se malogró y siempre la valoré, hasta hoy, que la recuerdo, porque por
primera vez vi como mi padre nos amó tanto que no le importó que lo compadezcan
o lo tildaran de menos, para él siempre nosotros, éramos primero.












