son como agua fresca para los sedientos.
Los saludos como el ocaso del sol,
majestuosos y a la vez, fugaces.
La muerte se ha vuelto tan cotidiana
que nos acostumbramos a vivir con ella.
Ya no lloramos, ya no sentimos, estamos inmunes.
No hay día que no camine sobre muertos,
ni casa que lamente perder un ser querido.
Las calles vacías, parecen enormes mausoleos,
no sé del mañana, mi hoy es incierto,
el mundo enteró cayó .
El dinero ya no vale, tampoco las propiedades,
sólo la medicinas,
acaparadas por almas mezquinas
Si hoy respiro, es porque mi espíritu inconforme
se aferra a vivir.
En mi desesperación , he gritado
y sólo el susurro del viento ha llegado:
"El hombre ha sido humillado
un maldito virus lo ha doblegado".







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