domingo, 23 de septiembre de 2018

EL RETO DE JACOB




UN TESTIMONIO DE LAMENTACIONES  SE TRANSFORMÓ EN UNA VERDAD: “LA BENDICIÓN DE DIOS SOBREPASA NUESTRO ENTENDIMIENTO”
Alberto cada vez más afligido no sabía que decir. 
-Pero, ¿y el pastor?- preguntó cogiendo y estirando su rostro de angustia – hubiese pensado en traición. No, no podía y ¿Dónde está la fidelidad?,  ¿La sumisión?
- ¿A quién? – Preguntó Daniel- ¿al pastor o a Dios? Tú sabías que la congregación clamaba para que no los dejes y aun así lo hiciste. Era el momento de tomar una decisión. El pastor por su lado y tú por el otro y dejar que las personas elijan con quien se van.
No,  no podía – clamó Alberto angustiado- eso es pecado, abominable para la iglesia.
Te cuento – dijo Daniel, haciendo un ademán con las manos para que  espere- ¿Jacob al separarse de su suegro, porque no le convenía seguir con él, le traicionó?
!No!- dijo Alberto moviendo la cabeza.
¡No!, por supuesto – alzó la voz Daniel-  la situación no daba para más, tenía que hacerlo.
Tú tenías un grupo de familias acostumbradas a ti, con las que compartías todo y el pastor motivado por no sé qué ideas, decidió alejarte. Y como tú sabes, nadie escuchó al pastor, no querían que los dejes. Te das cuenta era el tiempo, el tiempo de Jacob, en ti.
La esposa de Alberto que escuchaba atentamente nos interrumpió, y desconsoladamente dijo:
“Empezamos la obra tocando puertas hasta que una familia con recursos nos prestó su casa para las reuniones, nos dio sillas, equipo de sonido y los deseos de que todo salga bien. Cada vez que llegábamos nos arrodillábamos para orar”.
¡Dios! –Pedíamos- que se llene de personas, hasta que un día,  llegó  una familia de cristianos que se habían mudado a ese lugar. Los recibimos con los brazos abiertos. Poco a poco llegaron más. Un repartidor de gas, un joyero, unos profesores. De pronto nuestro local pequeño estaba lleno de sonrisas y gritos por todos lados, niños corriendo, gente cantando. No podíamos creerlo. Había pasado un año,  cuando el pastor de la  Iglesia, decidió cambiar a Alberto y trasladarlo a otro lugar.
-Fue la decisión de Dios, me dije- interrumpió Alberto, mientras el grupo escuchaba atentamente- el día que llegaron los nuevos encargados, un nudo se hizo en mi garganta, al ver que el grupo me pedía que no me vaya. No sabía qué hacer, tenía que obedecer al pastor principal, tenía que acatar, aunque los hermanos se resistieron, no querían dejarnos ir, hubo lágrimas y fuertes abrazos. 
Esa noche al llegar a casa, mi esposa y mis hijos lloramos, nos habían arrancado a nuestra familia. Después de una semana recibimos muchas cartas de ellos, pero una en particular nos hizo quebrantarnos aún más, decía:
“Un padre jamás abandona a sus hijos”
Mi corazón se afligió muchos años y observé callado como mi grupo, mi trabajo se fue desmoronando poco a poco hasta que un día recibí la noticia que todos se habían dispersado  y ya no había nada en ese lugar. Créanme que nunca supe que hacer. Se levantó de su asiento acongojado y bajó la cabeza.  Con diez años más, algo cansado e insatisfecho sólo se quedó pensando.
-No se pudo- dijo lamentándose.

-Aún se puede-le replicó Daniel.
-Creo que no- contestó Alberto y salió.
Daniel miró a todos sorprendido y entendí que aquél hombre, que salía, ahora envejecido y triste podía haber tenido la iglesia más grande y admirable. ¿Qué pasó? Quizás no estuvo preparado para recibir tan enorme regalo y no vio que detrás de esa separación, estaba en él, decidir recibir  el regalo del “reto de Jacob”.






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